NO SOMOS PAREJA, PERO SÍ SOMOS UNOS MARICAS

 


Viajé con Rubén hasta Rubio, una pequeña población agrícola del estado Táchira donde uno puede quedarse como colombiano hasta 90 días sin pasaporte. Detalle menor. O eso creíamos.

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Allí despedimos el año como Dios manda: una fritanga de pescado tan gloriosa que bien pudo sellarnos la entrada al paraíso… o al purgatorio venezolano.

El 1° de enero lo dedicamos a descansar, como dos seres humanos responsables.

El 2, en cambio, decidimos retar al destino y armamos viaje hacia los nevados del estado Mérida. Allá sí exigen pasaporte. Y nosotros, fieles a nuestro espíritu aventurero —o a nuestra estupidez—, no lo llevábamos.

Pasamos diez alcabalas. Diez. Nada. Ni una mirada sospechosa.

Pero veinte minutos antes de llegar al centro de Mérida, la Guardia Nacional Bolivariana decidió que ya era suficiente suerte para dos idiotas.

Nos detuvieron.

—¿Pasaportes?

Silencio.

Y empezó la ópera burocrática: el guardia consultó al sargento, el sargento al teniente, el teniente al capitán, el capitán al coronel y el coronel, como en una novela de García Márquez, al general.

Luego apareció la DGIM: dos encapuchados, investigadores sin rostro. Uno de ellos, curiosamente, era gordito y no inspiraba ni miedo ni respeto, más bien ganas de invitarlo a una empanada.

El interrogatorio duró dos horas a los celulares. Revisaron WhatsApp, conversaciones, ideas, memes. Descubrieron que éramos de izquierda, petristas… y perdieron el interés. Se fueron. Sin más preguntas.

Y empezó lo peor: la espera.

Nos quitaron los celulares. Sin señal. Sin noticias. Sin esperanza.

Clara, mi esposa, no supo nada de nosotros durante casi tres días. Desaparecidos en pleno siglo XXI.

Hasta que, por misericordia divina o aburrimiento militar, un capitán nos prestó su celular y pudimos avisar por WhatsApp que seguíamos vivos.

Los militares no salían de su asombro:

—¿Cómo un juez y un arquitecto entran a Venezuela sin pasaporte?

Buena pregunta. Tampoco nosotros lo entendíamos.

Nos detuvieron el viernes 2 de enero a las 4:00 p. m.

A la 1:00 a. m. secuestraron a Maduro.

Venezuela entró en estado de alerta máxima.

Y nosotros, dos turistas sin documentos, pasamos de imprudentes a sospechosos internacionales.


Nos trataron bien, dentro de lo posible.

Salvo por un pequeño detalle: nos esposaron uno al otro con un solo par de esposas.

La incomodidad y el dolor de esa posición constante bien pueden clasificarse como tortura física.

La incomunicación, la incertidumbre y el “no sabemos cuándo salen” fueron tortura psicológica de alto nivel.

Nuestro calabozo era VIP. Sí, VIP.

Aire acondicionado 24 horas, baño, comedor, oficinas y dormitorios.

En realidad, una sala de 6 x 3 metros.

—No están arrestados —nos decían—, pero no pueden salir hasta nueva orden.

Comíamos con toda la tropa: arepa con queso rallado, caraotas negras, arroz.

Nos dieron tantas arepas que no pude comérmelas todas. Por vergüenza, escondí como diez debajo del sofá de madera, como un hámster humano en cautiverio.

Así pasamos tres días: esposados, sentados juntos todo el día, yendo al baño juntos, durmiendo juntos sobre un solo colchón en el piso, inmóviles hasta que los brazos dolían.

No éramos pareja homosexual, pero dormíamos abrazados por obligación.

No éramos novios, pero sí unos maricas… por no llevar pasaporte.

Finalmente, el alto mando decidió deportarnos con honores.

Un grupo de militares nos escoltó sanos y salvos hasta la frontera en un Jeep Toyota.

El Estado venezolano pagó todo: no multa, no soborno, no robo, celulares devueltos y tres días de comida incluidos.

Nos liberaron el lunes 5 de enero a las 11:00 a. m. en Bocas de Grita, del lado colombiano, en Puerto Santander.

Antes de irnos, nos dieron una palmada simbólica en el trasero y una orden clara:

—Corran para su pueblo.

Reflexión final

Dadas las circunstancias, nos trataron bien.

Fueron duros, sí, pero correctos.

Nosotros, en cambio, fuimos irresponsables, confiados y alegremente indocumentados.

La lección es simple y universal:

la ideología no te salva, la buena fe no te protege y la amistad no reemplaza un pasaporte.

Viajar sin documentos no es valentía ni rebeldía: es pura y honesta estupidez.

Y aunque no somos pareja, esa experiencia nos unió más que cualquier luna de miel.

No por amor… sino por brutos.

















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